WHERE AVAILABLE
Tras unas realmente intensas 48 horas de viajes, donde visité pise tres países en unas pocas horas, puedo decir que ha valido la pena. Londres es una ciudad con un encanto especial, esa magia que rodea a lo desconocido con lo famoso. Desde pasear por calles que dieron nombre a películas (Nothing Hill) pasando por escenarios de novelas detectivescas (Baker Street) y portadas de discos (Abbey Road).
Y como había poco tiempo, tuvimos que hacer una especie de ronda relámpago por los lugares más turísticos, dejando un poco de lado el callejear y perderte por las callejuelas de una ciudad tan variada y dispar. Empezamos con visita al Big Ben, dejando a un lado el carísimo London Eye, que llamaba la atención con su elevada altura y los flashes de las cámaras iluminando cada una de las cabinas de tal gigantesca noria. Desde allí decidimos visitar la Tower of London y el London Bridge, vigilado por el imponente HMS Belfast.


Visita a Picadilly Circus, donde sus neones dan la bienvenida, para parar un segundo en Lillywhites. Unas compras después abandonamos la zona para dirigirnos al icono del consumismo. Desde allí pudimos bajar a St. James Park, que salvaguarda Buckingham Palace.
Cogimos el metro, cuyas estaciones estaban en obras la mitad, haciendo más engorroso el viaje, camino a Harrods, perfecta representación del lujo y la ostentación. Después de ver como avanzaba una manifestación contra el uso de pieles de animales, fuimos a parar a una pequeña bocadillería. Con fuerzas recuperadas, nos dirigimos hacía el British Museum, a intentar ver las momias de las que tanto nos habían hablado. No pudimos disfrutarlo mucho tiempo, pero gracias a eso descubrimos Chinatown.


A medida que caía la tarde el agotamiento provocado por el vuelo, las caminatas, la búsqueda de la foto perfecta o las compras iba haciendo mella. Así que, siguiendo costumbres patrias, decidimos hacer un break, como dicen los ingleses, y tomar una copa de whisky, para refrescar las gargantas. Esto nos llevó a un pub donde la noche acabó de la mano de una pinta de Guinness.
La mañana llegó, con nuestras fuerzas renovadas, en busca de las gangas de Camden. Un mercadillo gigante, donde cientos de puestos ofertaban todo tipo de recuerdo, camiseta, colgante o obra de arte. Todo tipo de articulo tenía cabida en el mercado. A destacar un pequeño puesto de ropa echa a mano, con diseños únicos. De todas formas es el lugar ideal para el regalo único, para alguien especial, que estás buscando.
Para resumir, un fin de semana intenso, casi seis mil kilómetros recorridos en dos días, y ganas de volver pronto y con más tiempo para seguir conociendo la ciudad.
Y parafraseando al disco debut de Sidonie: “Novi goes to London!”. Aunque no me llevaré el sitar en la maleta. Simplemente algo de ropa de muda para el tiempo que me pueda encontrar en la capital inglesa, que pinta bien, por cierto. Poco tiempo y muchos lugares que visitar.

Y es que las escasas 48 horas que voy a pasar en tierras inglesas solo podrán abrirme el apetito y dejarme con ganas de volver, lo antes posible, a seguir recorriendo sus calles y tiendas, visitando increíbles museos o conociendo a sus gentes.

Natural History Museum, Picadilly, Harrods, Wembley, Camdem, Covent Garden, Portobello, Buckingham Palace, London Eye, Big Ben …
Hay veces que sin pensarlo puedes llegar a conocer sitios increíbles, únicos, como sacados de una película. Lugares escondidos de las masas, para el disfrute de unos pocos privilegiados que acceden a ellos. Y en Madrid estoy seguro que hay muchos de este estilo, alejados de las grandes discotecas como Pachá o Gabana. Huyendo de personajes estereotipados dejando paso a personajes únicos que pululan por su barra.

Este es el ambiente que encontramos en el Bukala: Raffaella Carrá, Conchita Velasco, Pelucas multicolor, Mazinger Z teniendo algo más que caricias con una Nancy o una máquina de pompas de jabón. Si a eso le unimos chupitos de Ron Miel y copas a cinco euros, del coctel sale una combinación ineludible en la divertida noche madrileña.
Ayer, mientras veía uno de estos programas que se han puesto tan de moda en televisión donde muestran las penas de la gente de a pie, recordé con tristeza una historia vivida el pasado viernes. Que te hace dar cuenta de lo afortunado que llegamos a ser, sin darnos cuenta la mayoría de las veces.
En ella una joven taxista contaba la historia de como debido al pésimo panorama laboral que asola el país se vio obligada a trabajar por las noches en el duro negocio del taxi. Y es que trabajar en este sector en este horario no es nada sencillo, todos sabemos las almas en pena que vagan por nuestras calles, muchas veces nosotros incluidos en ese saco de elementos anteriormente conocidos como personas.
Pero no tenía más remedio, ya que un joven llamado Alberto, que sin saber mucho de la profesión de su madre, le esperaba cada noche. Y las facturas, y la hipoteca.
Una dura realidad, a la que muchas veces no nos enfrentamos, o dejamos resbalar como si no fuese con nosotros pero, por más que no queramos prestarle atención, está presente. Muy presente.
Relatos inconexos, aparentemente. Artículos de revistas ó Teorías que sitúan al parchis como ejemplo del movimiento del mundo. Toda esta clase de relatos nos encontramos en el Proyecto Nocilla, que más allá del dulce título, recoge una seríe de relatos donde el autor, Agustín Fernández Mallo, nos muestra su visión de la vida.
Os dejo un fragmento para que os hagáis una idea:
Todos tenemos un punto en el ojo denominado “punto ciego”. un punto a través del cual no vemos y que el cerebro inconscientemente rellena con lo que se supondría que debería haber ahí […] En nuestros ojos hay un punto que lo inventa todo, un punto que demuestra que la metáfora es constitutiva del propio cerebro, el punto donde se generan las cosas del orden poético.
Este libro ayer me hizo mucha compañía, en mi paseo aéreo, y es que sus páginas contienen un olor especial. Un olor a un recuerdo olvidado.
Hace ya tres años que se rodó esta película en mi tierra. Y aunque pocas veces se tenga la oportunidad de ver reflejado un entorno cercano en una pantalla de cine, no fue hasta ayer que pude ver el resultado del trabajo de Miguel Santesmases dirigiendo al elenco de actores protagonistas.

El guión nos cuenta la historia de tres hermanos que vuelven a la tierra donde han pasado su juventud para vender la casa donde vivían, buscando saldar deudas que ayuden a encaminar sus vidas. Una desgraciada tragedia se cruza en el camino y hace que sus vidas tomen un giro inesperado.
Unos paisajes preciosos adornan esta obra, que hace retrotraerte a tiempos pasados que gobernaron tu infancia y juventud. Apta para todos aquellos melancólicos de su tierra, que la ven desde la lejanía, añorando el olor del mar y el ruido de las olas. Una buena terapia, al alcance del mando del DVD. A destacar la banda sonora, principalmente el tema “Días Azules” que compuso Iván Ferreiro, y que acaba por redondear el disco.