Un mundo sin sueños
Sueños, esperanzas escritas en nubes de jabón, cuentos de hadas que nos ayudan a seguir levantándonos cada día. Pequeño conjunto de recuerdos, imágenes, sentimientos, ruidos que almacenamos en lo más profundo de nuestra mente, evitando de esta manera que salgan volando. Esta es la única forma de guardarlos.
Cada noche, mientras dormimos, nuestra mente los recupera, procesa y devuelve en forma de arco iris de colores, esencias e ilustraciones. Existía un mundo donde a la gente no se le permitía soñar, era un mundo gris, de tareas repetitivas, sin brillo; un lugar donde se nacía adulto y moría adulto. En esta lejana tierra, dormir no era más que un descanso entre trabajos, un instante por el que debía pasar toda persona antes de retomar sus tareas.
Contaba la leyenda que antiguas civilizaciones tenían una forma de vida muy distinta, donde algo llamado “sueño” era el motor que iniciaba a la mente. Estos sueños eran la energía e ilusión para avanzar. Existían a su vez pequeños seres, de los cuales brotaba una mayor energía y que fortalecían a los que tenían a su alrededor; los llamaban “niños”. Estos seres, semejantes a las pastillas que diariamente nos suministran, eran unos tremendos generadores de sueños, que a medida que crecían iban perdiendo esa capacidad convirtiéndose en simples adultos.
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